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hacia la luz

A dónde van las personas cuando mueren?

Una de las cuestiones que más nos preocupan a la muerte de nuestros seres queridos, es a dónde irán después de la muerte.  Han sido muchas las acepciones que a través de los años y de acuerdo a las diferentes culturas  se han dado sobre lo que pasa cuando morimos.  Visitamos los panteones o mausoleos en donde descansan sus restos llevando alguna ofrenda de amor y conversamos con ellos en silencio frente a sus tumbas.  Pareciera que en  este lugar en donde descansa su cuerpo también estuviera su alma, así que ahí le platicamos nuestras penas y alegrías e incluso les pedimos consejos.

Ya en la antigüedad, había la idea de que existía algo más después de la muerte.  Descubrimientos arqueológicos en diversas partes del mundo nos muestran como los antiguos enterraban a sus muertos con objetos que les pudieran ser de utilidad en la siguiente vida, como armas o implementos que les permitieran o ayudaran a alimentarse.  Incluso se encuentran tumbas en donde además los sirvientes eran enterrados con sus amos esperando que pudieran seguir sirviéndoles en la siguiente vida.

Por su parte todas las religiones ofrecen una explicación de lo que pasa cuando fallecemos.

Por un lado el Cristianismo, el Islamismo y el Judaísmo hablan de que los hombres justos y buenos descansaran en el cielo y los malos irán a un lugar de castigo, aunque difieren en el cómo y el cuándo este hecho se llevará a cabo.  Inclusive, dentro de la diversidad cristiana, hay quienes se inclinan por que únicamente los miembros de determinada fe entrarán al reino de Dios y otros que consideran que independientemente de la religión que se profese, un justo puede estar al lado del Señor si sus obras han sido buenas.

Caso particular a mencionar es el Islamismo que aunque separa a justos y pecadores al momento de morir, los manda a una especie de sueño profundo hasta el día del juicio final, con excepción de los mártires de las guerras santas que adquieren un pasaporte inmediato al Reino de Dios al morir en nombre del Señor.

Al otro lado del mundo, las religiones de oriente, como el Hinduismo y el Budismo,  afirman que al morir se reencarna en otro ser vivo que habrá de asignarse a partir de lo hecho en esta vida hacia un ser inferior o superior, hasta lograr la elevación total.  Este proceso pudiera durar varias miles de vidas antes de que un alma encuentre su camino final.

Los medios de información actual han permitido que la información e ideas de las diversas religiones y culturas se traspasen unas a otras y hoy en día hay quienes afirmándose católicos creen en la reencarnación o en prácticas como el espiritismo.

En fin que cada uno, bajo su propia experiencia y basado en la tradiciones de su pueblo y en la religión que se profese, tenemos nuestra propia concepción  de lo que pasará cuando muramos.

En lo particular, como mexicana, católica, creo en la idea de un Cielo al que aspirar para estar junto a Dios y disfrutar a su lado.  Sin embargo, también creo que nuestros seres queridos continúan de alguna manera presentes en nuestras vidas, no solo en nuestros  pensamientos, sino de una manera particular.

Proviniendo, como provengo, de una familia de funerarios, desde mi temprana juventud empecé a dedicar parte de mi tiempo al trabajo de la funeraria.  Fue ahí, cuando acompañando a mi padre, le escuche en muchas ocasiones consolar a los dolientes diciéndoles: “Ahora ya tienen a alguien en el cielo que verá por ustedes y que siempre estará presente en sus vidas  para ayudarles”.  A mí me parecía entonces que sus palabras solo eran eso, palabras que consolaban, pero que no encerraban la verdad.  Yo creía que alguien al estar en el cielo, en presencia de Dios, tendría tanto gozo y tanto que disfrutar que no tendría tiempo de volver sus ojos a este mundo para ver cómo iba su familia.  No fue hasta la muerte de mi papá, ya hace diez y siete años, cuando entendí a que se refería con sus palabras. 

La vida me ha traído momentos de gran felicidad y momentos de dolor y preocupación.  Y ha sido tanto en los buenos, como en los malos momentos,  cuando he podido comprobar su presencia a mi lado, ya sea para compartir mi dicha o para reconfortarme con su fuerza en mi dolor.

En particular, recuerdo una noche en un hospital fuera del país, cuando esperaba sola en la sala de espera a que la operación de mi hermana Alba se llevara a cabo.  Tenía mucho miedo de que las cosas no salieran bien y no tenía a quien recurrir por consuelo o para que oráramos juntos para su recuperación.  De pronto, un dulce calor llegó a mí y me sentí tranquila y segura mientras a mi oído llegó esa frase que papá me dijera cuando siendo niña enfermé seriamente, “No se raje mija, no se raje, usted es fuerte, todo va a estar bien”.  

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